El 31 de julio y 1 de agosto realizamos la NA Open Cup México de Rainbow Six Siege. Durante dos días, la EBC Campus Tlalnepantla se convirtió en un punto de encuentro para jugadores profesionales, antiguos competidores, equipos nuevos, estudiantes y una comunidad que llevaba demasiado tiempo sin tener un espacio propio.

Podría hablar del torneo, de los resultados o de todo lo que implicó producirlo. Pero para mí, lo más importante ocurrió fuera de las partidas: escuchar una y otra vez a los jugadores decir que ya no tienen dónde competir.

Esa frase resume una realidad que va más allá de Rainbow Six Siege. En México no falta talento. Tampoco faltan jugadores con ganas de competir. Lo que faltan son torneos constantes, espacios presenciales y caminos que permitan transformar la pasión en una verdadera escena competitiva.

Diez equipos y solamente un mes para convocarlos

El proyecto fue aprobado a principios de julio, por lo que tuvimos alrededor de un mes para comunicarlo y convocar a la comunidad. Aun así, se registraron diez equipos: la misma cantidad que participó en la Open Cup de Filadelfia y uno más que en Canadá, eventos que contaron con varios meses de difusión.

Diez equipos pueden parecer pocos cuando se comparan con los números de los grandes circuitos. Pero el dato adquiere otro significado cuando entendemos el contexto: en México casi no existen torneos presenciales profesionales de Rainbow Six Siege, las ligas dejaron de transmitirse en español y las actividades alrededor del juego prácticamente desaparecieron de la región.

La comunidad no dejó de existir. Simplemente dejó de tener lugares para encontrarse.

La respuesta a la Open Cup demostró que todavía hay interés, memoria y ganas de volver a competir. Si diez equipos respondieron con apenas unas semanas de convocatoria, vale la pena preguntarnos qué podría construirse con un calendario constante, una comunicación adecuada y una visión de largo plazo.

Una comunidad que necesitaba volver a encontrarse

Durante el evento participaron varios exjugadores profesionales de la región, quienes volvieron a formar equipos para competir. Para algunos fue una oportunidad de reencontrarse con compañeros y rivales de años anteriores. Había nostalgia, sin duda, pero también algo más importante: la sensación de volver a ser tomados en cuenta.

En los últimos años, muchos jugadores han visto cómo disminuyen las competencias, las transmisiones en español y las iniciativas dirigidas a su comunidad. Cuando desaparecen esos espacios, no solamente se pierde un torneo. También se rompen los puntos de encuentro que mantienen viva una escena.

Los esports no se construyen únicamente con una liga profesional en la cima. Necesitan una base: torneos abiertos, competencias locales, espacios universitarios y oportunidades para quienes todavía no tienen un nombre, una organización o experiencia en un escenario.

La NA Open Cup México volvió a reunir por unos días a una comunidad que se sentía cada vez más abandonada. Fue un momento para competir, pero también para convivir, recordar los mejores años de la escena y pensar que todavía es posible recuperar algo de lo que se ha perdido.

El regreso de los veteranos y la llegada de nuevos jugadores

Uno de los aspectos más valiosos fue ver competir en el mismo espacio a jugadores con experiencia profesional y a equipos que apenas comenzaban su camino.

También llegaron jugadores provenientes de consola que tuvieron un desempeño sobresaliente. Algunos lograron vencer a equipos integrados por antiguos profesionales, demostrando que el talento puede aparecer en lugares que la estructura competitiva tradicional no siempre observa.

Para varios participantes, ésta fue su primera experiencia en un torneo presencial. Eso significa jugar frente a otros equipos, adaptarse a un entorno distinto, controlar los nervios y sentir la presión que no existe desde casa. Ninguna partida clasificatoria puede sustituir completamente ese aprendizaje.

Para que aparezca una nueva generación de competidores, primero debemos darle lugares donde pueda ponerse a prueba. No podemos pedir nuevos jugadores profesionales si no existen suficientes oportunidades para que alguien viva su primer torneo.

Un torneo también puede formar a quienes construirán la industria

La experiencia no fue solamente para los jugadores. Varios alumnos de la carrera de LANCE de la EBC participaron como voluntarios y pudieron conocer desde dentro cómo se produce una competencia presencial.

Observaron la operación, el montaje, la atención a jugadores, la producción de contenido y las exigencias de un broadcast profesional. Algunos probablemente llegaron pensando que trabajar en esports significa estar cerca de los videojuegos. Se fueron entendiendo que detrás de una transmisión hay planeación, coordinación, horarios, solución de problemas y un equipo completo trabajando para que cada partida suceda.

Éste es otro motivo por el que hacen falta más eventos. Los torneos no solamente desarrollan jugadores: también forman productores, administradores, casters, operadores, realizadores, diseñadores y futuros profesionales de la industria.

Si queremos que los jóvenes encuentren oportunidades reales en gaming y esports, necesitan experiencias reales. La teoría es importante, pero estar dentro de una producción enseña cosas que difícilmente caben en un salón de clases.

Construir un espacio entre todos

La Open Cup fue posible gracias a varias organizaciones que decidieron aportar desde su especialidad. La EBC Campus Tlalnepantla facilitó el espacio; PC Gamer CDMX proporcionó las computadoras; ASUS apoyó con los monitores; y desde Dulce Mono estuvimos a cargo de la producción, las experiencias y un broadcast profesional acompañado por casters que forman parte de la escena.

Además de la competencia, integramos experiencias y otros juegos de Ubisoft para que el evento también funcionara como un lugar de convivencia. Porque una comunidad no se construye únicamente alrededor del resultado de una partida. También se construye en las conversaciones, los reencuentros y los momentos compartidos entre quienes sienten pasión por el mismo juego.

Este tipo de colaboración demuestra que no todo depende de una sola empresa. Publishers, instituciones educativas, marcas, operadores, medios y comunidades pueden aportar distintas piezas para hacer viables estos espacios.

No fue perfecto, pero fue real

La NA Open Cup México no fue un evento perfecto. Tuvimos poco tiempo de preparación y, como sucede en cualquier producción, encontramos cosas que podemos mejorar.

Pero fue un evento hecho con mucho corazón y con la intención genuina de devolverle algo a una comunidad que durante años ha mantenido vivo el juego, incluso cuando las oportunidades para competir han disminuido.

Y a veces eso es lo primero que se necesita: demostrar que todavía hay jugadores dispuestos a participar, profesionales dispuestos a regresar, nuevos talentos preparados para sorprender y personas con ganas de construir.

Un solo torneo no reconstruye una escena. Para conseguirlo se necesita continuidad. Necesitamos competencias que regresen año con año, circuitos abiertos, transmisiones en español y espacios donde los jugadores puedan comenzar, desarrollarse y volver a sentirse parte de algo.

La Open Cup fue un pequeño rayo de luz. Ahora el reto es que no se convierta únicamente en un buen recuerdo.

México no necesita que le digamos otra vez que tiene talento. Necesita que construyamos los lugares donde ese talento pueda competir.